Por Ignacio Javier Beetar Zúñiga
Estoy diciendo que hay un fallo estructural en la vida entera –dijo chip-. Estoy diciendo que la burocracia se ha arrogado el derecho de adjudicar el calificativo de “patológicos” a ciertos estados mentales. La falta de ganas de gastar dinero se convierte en síntoma de una enfermedad que requiere una medicación carísima. Medicación que, luego, destruye la libido o, en otras palabras, elimina el apetito del único placer gratuito que hay en este mundo, lo que significa que el afectado tiene que invertir aún más dinero en placeres compensatorios. La definición de salud mental es estar capacitado para tomar parte en la economía de consumo. Cuando inviertes en terapia, inviertes en el hecho de comprar. Y lo que estoy diciendo es que yo, personalmente, en este mismísimo momento, estoy perdiendo la batalla contra una modernidad comercializada, medicalizada y totalitaria.
Jonathan Franzen, Las correcciones.
El ornamento de masas es el reflejo estético de la racionalidad anhelada por el sistema económico dominante.
Siegfried Kracauer, El ornamento de la masa.
Hablemos de la apariencia y su consonancia con el pensamiento afirmativo. Para Siegfried Kracauer, el concepto de apariencia atraviesa claramente el funcionamiento social de un tipo de gobierno donde se impone el autoritarismo. El impacto que tuvo para este teórico social alemán la aparición de un fenómeno como el de las tillergirls (que en su momento fueron el antecedente directo de lo que hoy día son las animadoras) significaban en cierta medida, el triunfo de un tipo de concepción del mundo donde la estandarización social contribuía a la consolidación de los intereses de los grandes empresarios: “Estos productos de las fabricas norteamericanas de distracción ya no consisten en muchachas jóvenes individuales, sino en complejos de muchachas jóvenes cuyos movimientos son demostraciones matemáticas”.[1]
Y no únicamente eso, sino que a su vez también significaba –al menos para este autor-, el encuentro, quizá un poco retorcido[2] entre el concepto de ornamento y la transformación del significado de un término como el gusto en toda una cultura. Así, la relación entre apariencia, ornamento y gusto se enlazan con el pensamiento afirmativo al estar encaminados a la reconciliación del interés estético en una comunidad. Al respecto, Kracauer afirma, remitiéndose al fenómeno de las tillergirls, que “Una mirada hacia la pantalla nos muestra que los ornamentos consisten en miles de cuerpos, siempre en traje de baño y asexuados. La masa, ordenada en las tribunas, ovaciona la regularidad con que sus modelos ejecutan sus piruetas”.[3] La masa, como afirma este autor, ovaciona tal ornamento. Pero ¿por qué?, al parecer, se debe a una especie de inclinación hacia el orden, hacia el funcionamiento sincrónico de las cosas, que a su vez se halla íntimamente ligado a la producción a gran escala del mundo industrial. Pero incluso, podríamos dar cuenta del impacto de tal fenómeno yendo un poco más atrás, penetrando en la que podría ser una de las razones primeras de tal fenómeno: me refiero al sentido que tenían tales representaciones en ámbitos como el militar, donde la sincronía de los cuerpos tenía una razón de ser, es decir, poseía un significado que justificaba tal representación. De esta manera, podemos entender a Kracauer cuando afirma que “el ornamento es un fin en sí mismo”[4], pues el ornamento como tal, que es la simple representación de un acto producido de forma uniforme y masificada, a pesar de su ordenamiento y sincronía, no responde a la parte racional del hecho, sino a un simple deleite de los sentidos, a un tipo de experiencia agradable que no posee ningún significado más allá de lo meramente representado. Esto es el ornamento. Algo que en el fondo es vacío, insustancial, pero que contribuye a la uniformización del pensamiento a través del gusto, del deleite sensual, que no opera a través de la razón, o que convierte la razón en un elemento al cual se le dota de sentido en la insustancialidad misma. En el ornamento se elimina la historia del fenómeno. En palabras de Kracauer, y utilizando como ejemplo una vez más sus tillergirls:
“El ballet de épocas pasadas también proporcionaba ornamentos que se movían como un calidoscopio. Sin embargo, una vez anulado su sentido ritual, seguían siendo la figura plástica de la vida erótica que ésta producía a partir de sí misma y que determinaba sus rasgos. Por el contrario, el movimiento de las masas de girls se encuentra en el vacío, es un sistema de líneas que ya no tiene ningún sentido erótico, sino que en todo caso indica cuál es el lugar de lo erótico”.[5]
Esta es la treta de la industria, de la empresa, de la producción capitalista. No me atrevería a hablar de una aniquilación de la racionalidad, pero sí al menos de una tergiversación de lo racional usando como arma efectiva el ornamento mismo. Kracauer se refiere a este efecto como un enturbiamiento de la razón, y la escuela de Frankfurt lo estudia desde la idea de una falsa racionalidad, de un tipo de razón instrumentalizada. Si bien turbiedad no es sinónimo de instrumentalización, también es cierto que ambos comparten, en cierta medida la idea de una falsificación y tergiversación de la finalidad de la razón, al comprender lo turbio como aquello que no es claro, que no ha sido lo suficientemente develado, y lo instrumental como aquello mediante lo cual algo es utilizado de acuerdo a unos intereses particulares y contrario a la finalidad que el elemento mismo posee. Esta desviación, contraria a los intereses de la ilustración, que era la supuesta autodeterminación del ser humano, responde a la eliminación de esta misma autodeterminación, a la aniquilación de la subjetividad, y la imposición de un tipo de pensamiento y de inclinación en general por lo masificado. Hablamos de la desaparición de la autonomía, de la paulatina muerte de la libertad, porque “La masa es aquello que se inserta. Así, sólo como parte de la masa, no como individuos que creen estar formados desde el interior, los hombres apenas son fragmentos de una figura”.[6]
Nos estamos refiriendo al triunfo de la sociedad industrial (en Kracauer) y la post-industrial (en Marcurse) a través de una falsa racionalidad. De una razón verdaderamente irracional, instrumental.
Para Marcuse, el triunfo de la razón instrumentalizada es el triunfo –paradójicamente- del discurso científico por encima de toda metafísica. Obviamente, me refiero al discurso científico como discurso de orden lógico-racional que en vez de encargarse de develar la “realidad”, de dar cuenta de los fenómenos de la naturaleza, se encarga de adaptar tales conocimientos y discursos a unos intereses particulares (los del capitalismo, entendido este en términos afirmativos, totalitarios). Y a su vez, para entender tal triunfo, es necesario comprender que la historia de la humanidad, en últimas, es la historia de dos factores fundamentales: la razón y la técnica. Ambas son formas de las que se ha valido el ser humano para explicar y manipular los fenómenos naturales. La cuestión con la técnica y la razón es sumamente compleja, debido a que tanto la una como la otra se ven involucradas en el proceso de desencantamiento del mundo. Proceso mediante el cual la ciencia y la razón explican las cosas y se desligan del discurso metafísico. Sin embargo, tal despertar o desmitificación, responde a su vez a un tipo de pensamiento retorcido, que pone la ciencia al servicio de lo particular, por encima del interés social. La técnica (el adelanto tecnológico) sirve como herramienta para explicar y modificar la naturaleza, pero también es utilizado como herramienta alienante del ser humano. El hombre, al verse sometido a la tecnología, a la posibilidad de comodidad y de prosperidad que ella ofrece, cambia su autonomía, su libertad, su autodeterminación, por simple y llana seguridad, confort, la calma que procura el estilo de vida que la sociedad capitalista promueve:
“En este universo, la tecnología también provee la gran racionalización para la falta de libertad del hombre y demuestra la imposibilidad técnica de ser autónomo, de determinar la propia vida. Porque esta falta de libertad no aparece ni como irracional ni como política, sino como una sumisión al aparato técnico que aumenta las comodidades de la vida y aumenta la productividad del trabajo”[7]
Tecnología pues, en el discurso de la sociedad afirmativa es igual a decir comodidad, abundancia y felicidad, lo cual a su vez es igual a decir naturaleza medible. Pero para medir y controlar, es necesario homogeneizar. La principal idea que se tiene sobre el control en una sociedad totalitaria, depende de la capacidad que se tenga de controlar el comportamiento social, de someterlo a los intereses del sistema imperante.
Pero para entender mejor el funcionamiento de la sociedad afirmativa, se necesita comprender que ella misma, en su origen tiene un fundamento en el idealismo. Es así como los hombres al poner su fe en el progreso, en el desarrollo de la razón (teoría de la ciencia) y de la práctica científica, trataron de emanciparse y buscar una libertad que la religión y cualquier tipo de metafísica al uso no podía ofrecerles. Los hombres pues, trataron de lograr autonomía de pensamiento y acto por medio de la confianza en el progreso. Y sin embargo, fue el progreso quien delimitó el campo de acción de los hombres. Al proponer la burguesía un tipo de sociedad en la cual los hombres fueran iguales, negaba su propio enunciado al demostrar en la realidad la falsedad de tal afirmación. De esta manera, la burguesía del periodo de la ilustración comenzó a utilizar la ratio como una especie de falsa conciencia, a instrumentalizarla, convenciendo a los menos favorecidos (aquellos cuyas condiciones materiales de existencias eran enormemente desventajosas en relación con los burgueses) de que –al menos en abstracto- todos los hombres eran iguales. La preocupación de la clase burguesa que detentaba el poder era conseguir por medio de su falsa conciencia, que los menos favorecidos no pasaran del discurso abstracto al discurso concreto:
“A la burguesía que había llegado al poder, le bastaba la igualdad abstracta para gozar de la libertad individual real y de la felicidad individual real: disponía ya de las condiciones materiales capaces de proporcionar estas satisfacciones. Precisamente, el atenerse a la igualdad abstracta era una de las condiciones del dominio de la burguesía que sería puesto en peligro en la medida en que se pasara de lo abstracto a lo concreto general”.[8]
De cierta manera, el paso de la metafísica (religión) a la razón no sólo condujo a un desenvolvimiento del hombre por el mundo de una manera más laxa, sino que antes que nada le abrió las puertas al poder con el que tanto soñaba la burguesía. Lo que se soñó como una autodeterminación de todos los hombres (ya que se suponía todos eran iguales), se convirtió en una forma altamente sistematizada, racionalizada de dominarse unos a otros. De ahí que cuando Marcuse dice que “En la realidad social, a pesar de todos los cambios, la dominación del hombre por el hombre es todavía la continuidad histórica que vincula la razón pre-tecnológica con la tecnológica”,[9] se refiera justamente a estos inicios en los cuales la razón en ese período pre-tecnológico empezó a ser gobierno de unos hombres sobre otros, se ha mantenido como una constante incluso durante el periodo de avance en materia de tecnología; esto quiere decir que la razón y la técnica lejos de facilitar la vida a los hombres en general y de brindarles autonomía, los ha reducido a un tipo de dominio en el que tanto el obrero como el empresario son piezas que funcionan según los caprichos del sistema que ellos mismos han establecido. Así pues la tecnología, fundamentada en un tipo de racionalidad retorcida, funciona a un ritmo en el cual los hombres (tanto dominados como dominantes) no pueden más que adaptarse desesperadamente en aras de la sobrevivencia del sistema mismo.
El sistema sobrevive por encima de los hombres y los reproduce acorde a sus propios intereses (los del sistema). El pensamiento afirmativo empieza donde la negatividad, donde los espacios privados (entiéndase por espacio privado, en este contexto, la eliminación de la actitud crítica, de oposición a la que tiene derecho todo ser humano) son vulnerados por medio de la creación de una falsa conciencia basada en un estado de bienestar que ofrece una serie de beneficios cuya base está dada en la tecnología y en un tipo de razón instrumental que oculta el funcionamiento y fines reales del estado. Así los hombres se inclinan hacia la seguridad, la comodidad, y ofrecen su libertad a cambio del disfrute de los favores que la sociedad ofrece. El sistema capitalista ofrece las misas oportunidades para todos (en abstracto). A todos les brinda, supuestamente los mismos productos, todos están capacidad de comprarlos (nuevamente, en abstracto). Así los ideales de todos se vuelven un solo ideal, así hay un control un poco más fiel del comportamiento del consumidos, del ciudadano; así, el hombre puede ser cada vez concebido como un todo homogéneo, o un ser cada vez más cerca de la homogenización.
Tanto para Kracauer como para Marcuse la palabra homogenización se halla íntimamente relacionada con control. Para el primero, el ornamento de la masa es la disposición que se desarrolla en la cultura para que todos vayan en busca de los mismos objetivos, desarrollen los mismos gustos, a través de la insustancialidad del objeto, de la carencia de sustancia del fenómeno masificado. Mientras que en Marcuse tal control es mantenido por medio de un aparataje tecnológico cuya base es la racionalidad puesta al servicio de esa misma tecnología.
El ornamento define a la cultura desde una estética de lo vacuo, desde la pérdida de la historicidad del fenómeno. Y el pensamiento afirmativo no es más que el resultado de tal insustancialidad pero puesta al servicio de un ideal de vida cómodo que “se opone a la realización de la razón que habla desde el fundamento del hombre”[10]
[1] Kracauer, Siegfried. El ornamento de la masa. La fotografía y otros ensayos. Editoral gedisa. Barcelona.2008. Pág. 52.
[2] El subrayado es mío.
[3] Kracauer, Siegfried. El ornamento de la masa. La fotografía y otros ensayos. Editoral gedisa. Barcelona.2008. Pág. 52.
[4] Ibid, Pág. 53.
[5] Ibid, Pág 53
[6] Ibid, Pág. 53.
[7] Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional. Madrid. Planeta Agostini. 1985. pág. 186.
[8] Marcuse, Herbert. Cultura y sociedad. Editorial Sur. Buenos Aires. 1969. Pág. 52
[9] Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional. Planeta Agostini. Madrid. 1985. Pág. 171
[10] Kracauer, Siegfried. El ornamento de la masa. La fotografía y otros ensayos. Editorial gedisa. Barcelona. 2008. Pág. 59.
Creo, mi querido Jimmy, que aunque por caminos muy muy distintos, la irracionalidad ha tocado las puertas de nuestros intereses. Que bueno sería hacer un trabajo juntos....
ResponderEliminarUn abrazo.
jejeje...
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